Recuerdo cuando era pequeño a los quintos de Guadalupe, que además de arrojarnos caramelos también hacían de las suyas, decapitando gallos. Desgraciadamente esta y otras tradiciones aún se mantienen vivas en muchos lugares de este país y de otros, para rabia de muchos y deleite de otros. Centenares de ejemplos salen a la luz tras el acontecimiento de noticias como estas, y ello al menos nos ha de hacer reflexionar y considerar cuál es el mundo que queremos construir y hacia donde caminan algunos valores que bien debían haber sido adquiridos en los tiempos que corren, y que pasan por el respeto a las especies y al resto de seres vivos, máxime cuando estamos hablando de los denominados animales domésticos, que forman parte del entorno más cercano de las personas, aunque evidentemente ningún animal ni especie debe ser maltratada y menos para el deleite y diversión de nadie.
Tolerancia cero para este tipo de maltratadores, de la misma manera que para otro tipo cualquiera. Nada de impunidad, ni de mirar para otro lado. Aquellos valores que atesoraba como nadie San Francisco de Asís, de respeto a todas las criaturas, del ecologismo activo y comprometido desde la tolerancia, el hermanamiento y la cooperación entre quienes pueblan un espacio, deben formar parte de nuestra sociedad y estar perfectamente establecidos en la escala de valores de cualquier generación. En ello, mucho tenemos que hacer los padres y los educadores, y no vale mirar para otro lado y mantenerse inactivo ante este tipo de hechos. Desde aquí mi condena y repulsa, y mi apoyo a las personas que de manera activa luchan por acabar definitivamente con el maltrato a los animales, llámense toros, burros, perros…
Estoy de acuerdo en que no debemos generalizar, pero insisto: ejemplaridad en la condena y castigo y regulación para que no vuelva a suceder, o al menos para que sirva de ejemplo y recordatorio para quienes tengan alguna tentación.