Hoy se cumplen 8 años desde que me uní en matrimonio a Ana. Lo hice en Guadalupe y ante la Patrona de Extremadura, convencido y con las ideas muy claras sobre qué tipo de matrimonio queríamos, y sobre cuáles eran nuestras aspiraciones a la hora de sellar nuestra relación, espero que para siempre. Aquel día, fue junto con el nacimiento de nuestro hijo, uno de los más hermosos de nuestras vidas.Independientemente del rito y la forma, es importante destacar -y así se lo transmito a quienes quieren abordar el matrimonio- que la vida en pareja de hecho y derecho, bajo el paraguas del matrimonio, no es fácil. De la misma manera que en la vida existen vocaciones, el matrimonio también lo es, necesita de una alimentación constante en valores, y un esfuerzo diario de convivencia, tolerancia, solidaridad. Me sorprenden mucho algunas opiniones, de gente de mi entorno, que afirman vivir en una eterna luna de miel, cuando quienes practicamos por vocación y confiamos plenamente en este modo de vida, familiar y entrañable, sabemos de las sombras y de las dificultades que también las hay. No todo es un camino de rosas y en eso, precisamente en salvar y superar obstáculos, estriba la vocación a la que antes me refería.
En cualquier caso, después de 8 años, no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y si pudiera volvería a casarme otra vez y con la misma persona. Espero, por tanto, que dentro de algunos años, pueda seguir opinando lo mismo, eso significaría que aún mantengo vivo el espíritu del matrimonio, la perseverancia y por supuesto, la vocación.