También me han dicho que siguen existiendo los cazadores vocacionales, de perro y escopeta, de costumbres solitarias y un tremendo amor por la especie cinegética, respetuoso con los ciclos y normas que la madre naturaleza que rigen la vida de los animales como la de cualquier ser vivo. Estos, a veces denominados románticos, suelen ser una minoría y detestan las masificadas formas de acechar a las reses que tradicionalmente se reservan a la montería.
Otros en cambio, comentan en los bares, les sube la adrenalina cuando con nocturnidad y alevosía esperan, con la complicidad de algún cebo o reclamo, que algún reconocido trofeo en forma de cuerno o colmillo se cruce en su camino para sesgarle la vida, y con ello sentirse plenamente realizado.
En polos radicalmente opuestos nos encontramos quienes preferimos ver a las especies en otro tipo de lances. Por ejemplo cuando recorremos algún viejo camino público o simplemente gustamos de ver en vivo o de fotografiar a estas especies, disfrutando del factor sorpresa y del disfrute que suponen los pocos segundos que suele durar la escena. Me incluyo yo también en el grupo de los que han sufrido algún percance accidentado mientras circulaba camino al trabajo.
En fin que la caza, o mejor dicho las especies cinegéticas, dan de sí para muchos juegos. Unos juegan a la caza, otros a matar, otros a disfrutar y otros a observar. !De todo hay en la viña del Señor!