Ayer tuve la ocasión de participar, amenizando con mi guitarra y algunas canciones, una ceremonia religiosa para celebrar el sacramento del matrimonio. Fue en la Iglesia de Guadalupe, y ciertamente las palabras del oficiante, el conocido párroco de la Puebla, Fray David, fue capaz de desgranar en el tiempo de la homilía algunas de las claves que marcan el rumbo del matrimonio en los tiempos que corren. Palabras con las que estoy plenamente de acuerdo, y con las que me identifico. Decía que una enfermedad terrible que está afectando a la rotura de parejas es la incomunicación, la falta de diálogo a la hora de afrontar las adversidades. Y realmente, después de ocho años de matrimonio, corroboro radicalmente esta opinión, pues al menos en mi caso, y analizando todo este tiempo, una de las claves ha sido esa. Cuando hay comunicación el amor se intensifica, cuando no la hay, todo es diferente, y hemos de esforzarnos más para que así sea.
Hoy leo en el diario 20 minutos, que cada día en España rompen 365 parejas -se dice pronto- e imagino que muchas más lo hacen a pesar de que no recurren a los juzgados para ello, máxime cuando se trata de matrimonios católicos, cuyo desenlace es largo y complejo.
Imagino que estas cifras se refieren a todo tipo de uniones (3.000 parejas divorciadas en el primer trimestre de este mismo año) de las muchas posibles que se pueden ejercer en este país, y nos indican “muy a las claras” que algo está fallando: o no estamos preparados para el matrimonio, o la sociedad actual es menos exigente o más tolerante.
