Esta imagen bendita, testigo de acontecimientos de renombre que han llenado las páginas de la historia de Extremadura, de España y de América, forma parte ya del corazón de los extremeños y se asocia inseparablemente a la identidad regional y la hace, si cabe, más universal. Durante todo el año, especialmente en estos días de primeros de septiembre, las muestras de popularidad y de veneración, se intensifican de manera notable, los caminos polvorientos se llenan de peregrinos buscando la profundidad del espíritu, pero también el aliento en lo humano. Se trata sin duda de otra dimensión que sólo experimentan quienes participan, voluntaria o fortuitamente, de esta fiesta, de este encuentro con la Madre, y que es compartida por miles de personas.
Es posible que la Iglesia esté en crisis, y con ella, el componente espiritual de esta fiesta. Pero también es posible que haya algo, cuyo devenir nadie puede controlar, que mantiene intactas las raíces de la Fe y que mueve la savia que alimenta el espíritu del fervor hacia este icono. Es por ello que, consciente de la indisoluble relación existente entre esta región y su Patrona, concluyo esta breve reflexión personal con un deseo de amparo hacia ella y hacia sus gentes, en forma de un estribillo popular que estos días resuena en el Santuario: ¡De todos seáis loada, oh Virgen de Guadalupe!