Recuerdo mis épocas de estudiante en Gijón, en plena ebullición de la reconversión naval de principios de los ochenta, cuando existía una gran complicidad entre la clase trabajadora y la clase estudiantil, de tal modo que cuando unos nos necesitábamos a los otros, nos echábamos a la calle y gritábamos aquello de “Gijón escucha, astilleros están en la lucha”. Nos uníamos en una piña, a buen seguro manipulados por líderes fuertes y consolidados, con una gran capacidad de captación y sobre todo con una gran capacidad de sensibilización, pues al fin y al cabo si un obrero se queda en la calle, también lo sufre su hijo que estudia, su mujer, su familia…
Se echaba en falta está convulsión singular que caracteriza al metal, ese afán de defensa de lo suyo, esas ganas de darlo todo por defender su dignidad. Los sindicatos en este país han abandonado la postura de la confrontación por la de la negociación y el diálogo social. No sé cuál de ellas es la más adecuada, pero si echaba mucho de menos esas escenas “épicas” en las calles, ese olor a barricada y a desesperación que provocan situaciones de desasosiego laboral. Y sobre todo se ha perdido ese espíritu de solidaridad y de unidad que en otras épocas no muy lejanas caracterizaba a esta sociedad. Divide y vencerás.
Que conste que defiendo este tipo de manifestaciones pero no la violencia en ellas.