Siempre cuando se acercan estas fiestas me surgen las mismas cuestiones acerca de si la verdadera Navidad, esa que aprendimos -al menos los de mi generación y sus antecesores- a disfrutar y a vivir con intensidad, está perdiéndose poco a poco, de manera silenciosa y con la complicidad de las leyes del mercado, que imponen algunas normas de manera pasiva que nos hacen caer en redes de consumo, de dependencia y de pérdida de identidad, que se traducen en algunos casos en la aniquilación irreversible de costumbres y tradiciones, entre ellas esta de la que hablaba al comenzar este pequeño relato a modo de reflexión.
Uno ya no sabe si Santa Claus o Papá Noel es bueno o es malo, si rivaliza con mis queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, o por el contrario es un invento -al menos no aparece en los textos bíblicos, de donde nace el sentir de la Navidad y su significado- que procedente de otras culturas comienza a tener adeptos entre los que siempre fueron fans de los reyes magos. Todo un mundo de confusiones que al menos, en lo que a mí respecta, sí lo tengo claro y espero que lo sepa inculcar sin imposición también a los que me suceden en el árbol genealógico. La Navidad es una fiesta ante todo cristiana y después una expresión de unidad, de júbilo y de solidaridad, valores que se encierran en la familia mejor que en ningún otro grupo humano. De ahí la importancia de celebrarla junto a nuestros seres queridos más cercanos.