Ayer el pueblo de Guadalupe quiso rendir un merecido homenaje a este sacerdote franciscano, algo insólito en este pueblo, al menos yo no recuerdo que se hubiese efectuado evento similar en honor a un traslado franciscano, por otro lado propio y normal tras la decisión de un capítulo provincial. En cualquier caso el hecho es que por organización popular y con carácter voluntario, ayer nos juntamos cerca de 200 personas para rendirle un cálido apoyo y reconocimiento a quien ha sido nuestro párroco, y con el que personalmente he compartido muchas cosas, en torno a lo divino y sobre todo, relacionado con lo humano. Aún recuerdo la cercanía con la que bautizó a mi hijo y sus homilías, directas al corazón…
Durante la celebración eucarística quise interpretar para él la canción de Serrat “Aquellas pequeñas cosas” y así lo hice con la voz quebrada por momentos, pero con un hondo y entrañable sentimiento, tanto que pude percibir como el templo, la Real Basílica de este Santuario de Guadalupe, enmudecía atrapado por una guitarra española cuyas cuerdas vibraban con mis manos, acompasada con mi voz que parecía conectarse directamente con mi alma. Son sin duda los momentos por los que merece la pena vivir y uno se considera, si cabe, mucho más humano.
Después, tras la alegría que un mensaje de móvil me trasladó, relacionado con un amigo que también vosotros conocéis a través de este blog, tuve ocasión de degustar una cena entre amigos con sabor guadalupense. Tras el banquete, los regalos, los discursos y los abrazos. Una velada para el recuerdo, que ni él, ni los que estuvimos junto a él, olvidaremos nunca.