1.- No hay nada más hermoso y más bello que la inocencia en un niño (lo digo con todo conocimiento de causa como padre) siendo necesaria su preservación no sólo en el seno familiar, sino en la propia sociedad. Eso supone que alterar esa propiedad específica de la personalidad y de la vida, mediante acciones de violencia, en cualquiera de sus formas , supone generar un terrible daño a la persona, y también al entorno social en el que se moverá en el futuro. El derecho a esa inocencia, a la educación en valores, a la potestad y protección en esos primeros años, al mimo y al cariño… nadie, ni siquiera los padres, podemos vulnerarlo.
2.-Muchas veces somos cómplices silenciosos de algunos actos de agresiones a menores, sobre todo porque no queremos inmiscuirnos en los asuntos del vecino aún a sabiendas de que algo no va bien. La complicidad en la sociedad ante determinadas circunstancias supone mantener ciertos comportamientos y por supuesto un grave daño al orden social. Por eso, la denuncia y el “no mirar para otro lado” ayudan en buena medida a combatir a quienes hacen del maltrato infantil el pan suyo de cada día.
3.- Ni que decir tiene que quien se lleva la peor parte en todo esto, son los de siempre: los mal llamados habitantes del tercer mundo. Los niños y niñas que nacen en determinados ambientes tienen más posibilidades de padecer este tipo de circunstancias, aunque claro está que en los países desarrollados también afloran casos de violencia infantil. La solidaridad bien dirigida se hace siempre necesaria, especialmente en época de vacas flacas como la que vivimos en la actualidad.